El cerebro del guerrero
Por Andrew Bast

El peor fue el día en que Brooke Brown volvió a casa y encontró a su marido con un rifle en la boca. Sin embargo, hubo muchos días malos desde que el capital de lanceros David Brown regresara de Irak; días en que temblaba sin control en lugares muy concurridos, como cuando la familia iba a un restaurante y dominado por la angustia, el militar se ponía a buscar la salida más cercana. No podía concentrarse ni hacer su trabajo. Luego de la segunda misión, el Cuerpo de Marina lo dejó de franco y posteriormente causó su baja. Brooke renunció al trabajo para cuidar de su marido y tres hijos, y las cuentas se acumulaban. Parece un perturbador caso más del trastorno por estrés postraumático (PTSD, por su siglas en inglés), el más reciente diagnóstico postulado para la angustia y depresión que agobia a los veteranos desde las últimas guerras napoleónicas (en tiempos de la conquista francesa, le denominaban “nostalgia”).

No obstante, el caso de Brown es mucho más complicado, pues también sufrió una serie de ataques convulsivos ligeros que culminaron en un episodio de gran mal, el cual le condujo al hospital cubierto de sangre, vómito y excrementos. Sufre de problemas de visión y espantosos dolores de cabeza desde hace casi dos años, a consecuencia de su primer destacamento, cuando su puesto de avanzada en Fallujah fue blanco de ataques con mortero que lo derribaron al suelo.

Hoy de 23 años, Brown no presentó heridas visibles luego del incidente, pero a todas luces, el hombre que regresó de la guerra no era el mismo valeroso y orgulloso soldado a quien Brooke besara antes de enviarlo al frente. “Nuestro segundo hijo no se separa de David; pareciera que sabe que pasa algo malo”, explica Brooke, de 22 años. “Con 4 años, no tiene idea de qué lo provocó, pero entiende que papá está enfermo y necesita ayuda”.

¿Qué tipo de ayuda requiere Brown? Su caso ha dejado perplejos a los médicos civiles, uno de los cuales sugirió el analgésico tramadol para tratar sus cefaleas –medicamento de, de inmediato, empeoró las convulsiones; y los exámenes del Departamento de Asuntos para Veteranos tampoco han sido concluyentes. Las cefaleas y convulsiones apuntan a efectos secundarios de una contusión mal diagnosticada o, según la terminología moderna, una leve lesión traumática cerebral (TBI, también por sus siglas en inglés). Con todo, los síntomas restantes sugieren PTSD o tal vez, una patología combinada y de ser así, están reforzándose mutuamente para precipitar un círculo vicioso. Varios proyectos de investigación con fondos federales buscan la respuesta a la interrogante de cómo, exactamente, PTSD puede agravar los efectos a largo plazo de las lesiones encefálicas.

El doctor Murray Stein, profesor de psiquiatría de la Universidad de California en San Diego y director de un consorcio de científicos que supervisan 10 instalaciones para ensayos clínicos en el país, comenta que aunque su equipo es “agnóstico” en lo que se refiere a los posibles hallazgos, “hay que aceptar que están vinculados en casi todas las personas”. Brooke, por supuesto, no está calificada para opinar y sin embargo, cree que una de las peores convulsiones de su marido fue consecuencia de la carga emocional que éste experimentó cuando su mejor amigo fue destacado en Afganistán, el año pasado, con el Segundo Batallón del Octavo Regimiento de Marines, como parte del incremento militar decretado por el presidente Obama.


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