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En 1936, Franklin Roosevelt se sentía abrumado. El Nuevo Trato había empezado a engendrar docenas de nuevas agencias, y Roosevelt, temeroso por la fragmentación de la rama ejecutiva, pidió ayuda. El Comité Brownlow, un panel independiente con la tarea de encontrar un nuevo modelo de administración de la Casa Blanca, propuso ofrecerle al presidente algo de personal propio. “Ellos se mantendrán en segundo plano, no darán órdenes, no tomarán decisiones, no emitirán declaraciones públicas”, explicó el comité en un informe en que respondía al escepticismo público respecto a aumentar el tamaño del gobierno. En los siguientes dos años, Roosevelt reclutó a seis ayudantes de confianza.
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En los siguientes dos años, Roosevelt reclutó a seis ayudantes de confianza.
Hoy día, seis es aproximadamente la cantidad que Barack Obama tiene para que manejen su correo electrónico, una pequeña fracción de los 469 empleados que trabajan en la Oficina de la Casa Blanca y en los consejos de política local y económica, el personal central de la presidencia. Otros funcionarios incluyen a un asesor de ética, un asistente especial para la “política de movilidad y oportunidad”, un director de medios afroamericanos, y un asistente especial de mercados financieros, para nombrar sólo algunos. Los días en el Ala Oeste son una oscilación constante y vertiginosa entre docenas de erupciones y preocupaciones en política local, exterior y demás.
Por ejemplo, el día de primavera en que Obama firmó su ley de reforma al sistema de salud, también tuvo una sesión informativa económica sobre el desempleo, discusiones sobre la reforma financiera, una reunión en el Departamento del Interior, un almuerzo rápido, una reunión con altos asesores y luego con líderes del Senado sobre la ratificación de un nuevo tratado de no proliferación nuclear con Rusia, y una cumbre en la Oficina Oval con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, para idear un modelo para la paz en Oriente Medio. Mientras tanto, en la TV por cable los expertos ofrecían análisis tras análisis de los huecos en el nuevo paquete de reformas, con Sarah Palin renovando sus acusaciones de una “absorción gubernamental” del sistema de salud por Obama.
Una encuesta nueva mostró que, por primera vez, más gente del país desaprobaba en lugar de aprobar su rendimiento en el puesto. En una entrevista con 60 Minutes esa semana, el presidente bromeó: “Si nos hubieran dicho hace un año que el menor de mis problemas sería Irak… No creo que alguien lo hubiera creído”. Entonces se rió. Steve Kroft, el entrevistador, le preguntó si estaba “aturdido”.
Más a menudo, Obama proyecta una conducta de calma y ecuanimidad: él puede manejar las presiones y exigencias del trabajo muy bien (¿cómo podría sugerir lo contrario?), y no se postuló al cargo “para pasarle nuestros problemas al próximo presidente o a la próxima generación”. Pero el problema no es Obama, es la oficina. Los asesores de George W. Bush se quejaron de forma similar sobre lo que se exige al ejecutivo. “Era un lugar muy diferente durante la administración de Bush padre”, dice Joe Hagin, el subjefe de personal de Bush 43, quien también trabajó para Reagan y Bush 41. “Había mucho menos tiempo [con el segundo Bush] para recuperar el aliento durante el día”. Él recuerda los constantes malabares de asuntos —desde las guerras hasta Katrina—, a menudo todos al mismo tiempo. “No hay suficiente ancho de banda en la organización”, dice él.
¿Una sola persona puede cumplir enteramente con las exigencias de la presidencia del siglo XXI? Obama ha revisado varios modelos de liderazgo, incluidos FDR y Abraham Lincoln, dos presidentes transformadores que gobernaron en tiempos muy agitados. Pero lo que se perdió en estas comparaciones históricas es que ambos hombres manejaban burocracias reducidas arraigadas en una simplicidad relativa. Ninguno de ellos tuvo secretarios de educación, transportes, servicios de salud y humanos, asuntos de los veteranos, energía o de seguridad nacional, ni zares para la contaminación o el abuso de drogas, ni televisores en el Ala Oeste sintonizados constantemente con expertos quejicas. Tenían asuntos más grandes que resolver, pero mucha menos administración que hacer. “Lincoln tenía tiempo para pensar”, dice Allan Lichtman, un profesor de historia en la Universidad Americana. “Ese tipo de período de inactividad simplemente ya no existe”.
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