Verdad o Consecuencias
Por Evan Thomas

A dos años de que asumiera la presidencia, Barack Obama sigue siendo una figura distante, incluso misteriosa. No es que no nos sea familiar. En todo caso, sufre de sobreexposición, es una visión común en TV, hablando de esto o de aquello. Pero a pesar de su presencia constante, es extrañamente irrelevante. No es un fracaso: el índice de aprobación de Obama entre el 40 y 50 por ciento, aun cuando es menor a cualquiera de Dwight Eisenhower, al menos es dos veces mayor al del Congreso. Pero tampoco es un éxito. Aun cuando Obama ha aprobado un enorme proyecto de ley para el sistema de salud y la reforma financiera en el último año, ambos proyectos son impopulares, tanto entre muchos expertos como con la ciudadanía, la mayoría de los cuales (tanto los expertos como los ciudadanos) apenas y entienden lo que contienen los proyectos de ley.

¿Obama debería tratar con más ahínco de jugar el juego de Washington? ¿Ser más un Lyndon Johnson o Bill Clinton? Por naturaleza, tiene poco en común con cualquiera de ellos; no es alguien que lisonjee o presione con naturalidad. E incluso si lo fuera, meterse en el mundo de la politiquería, los factótums y locutores de Washington es una invitación a la futilidad. Por estos días, Washington parece preocuparse de las búsquedas triviales y la ventaja partidista. Previamente este otoño, un legislador me llevó para echarle un ojo al comedor privado de los senadores, donde los congresistas podían reunirse para almorzar sin la distracción de su personal o alguien más. El cuarto acogedor y ornamentado solía ser un terreno en común para la amistad bipartidista y la toma de acuerdos. En ese miércoles de septiembre, con el Congreso en sesión, la mesa puesta, la sopa caliente en la mesa, la cámara estaba vacía. “Nadie viene”, explicó el senador. “Están en los caucus de sus partidos o recaudando dinero”.

Obama ahora tiene una oportunidad de superar esta escena desalentadora, de ir más allá de Washington y obtener la atención de la nación. La semana pasada, los directores del Comité Nacional de la Responsabilidad y Reforma Fiscal ofrecieron una propuesta para salvar al país del desastre económico, de enfrentar la acechante y agobiante deuda nacional mediante aumentar los impuestos y recortar ciertos derechos de ayuda social. Nancy Pelosi, la portavoz de la Cámara de Representantes, de inmediato rechazó el plan como “inaceptable”, pero Obama recomendó paciencia. “Antes de que alguien empiece a rebatir las propuestas, pienso que necesitamos escuchar, necesitamos reunir todos los hechos”, dijo él. “Si nos preocupan la deuda y los déficits, entonces tendremos que tomar acciones que son difíciles y tendremos que decirle la verdad al pueblo estadounidense”. Ahora Obama necesita seguir su propio consejo. Su única esperanza de ser un presidente efectivo, de asegurar su legado, es decir toda la verdad sobre el déficit, la deuda, y la única salida real: ser, como dijo él, “directo” con los votantes.

Tal vez no haya un solo profesional de la política en Washington que esté de acuerdo con este consejo. Nunca he conocido a uno. Por lo general, la sugerencia de que un político pida incrementos en los impuestos y recortes a la Seguridad Social y Medicare es recibida con gritos de escarnio. Todos parecen recordar al último candidato presidencial que pidió un incremento general en los impuestos (Walter Mondale en 1984) y lo que le pasó (perdió 49 estados). Pero ser honesto respecto a las opciones reales es la única manera en que Obama puede abrirse paso entre el ruido y la cháchara. También es absolutamente necesario salvar al país de tiempos muy duros en el futuro, o cuando menos un deterioro constante en el estándar de vida. Obama necesita empezar por explicar el desorden en que nos hayamos. El mejor lugar para empezar es entender la brecha entre el dinero que los federales toman como renta y el dinero que el gobierno gasta, para defensa, o los beneficios de bienestar, o cualquier otra cosa. La medida más simple y más significativa son los ingresos y los desembolsos como porcentaje de la economía. En los últimos 30 años o más, los impuestos federales han sumado alrededor de 18 por ciento de la economía, y los gastos federales han equivalido a aproximadamente 20 por ciento. La diferencia, el déficit federal, ha sido grande pero manejable.


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